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Don Herminio Avilés tuvo el oro de una época

                                             Andrés Castro Ríos

1.

Don Herminio Avilés si usted supiera

la nostalgia que a diario me camina

cuando escucho su voz de golondrina

despertando a la misma primavera.

 

Su voz-camino y por igual bandera,

lírica voz al corazón vecina:

parece que más vuela que se empina

por la región donde el amor impera.

 

Eterna voz que impone sueño y cielo

a la dicha que fuera sólo una

ahora con su propio desconsuelo.

 

Era entonces la luz como ninguna:

fue una paloma con su rojo vuelo,

como un rayito fue claro de luna.

 

6.

Los Panchos con usted de serenata

poniéndole claveles al recuerdo:

con ellos con usted mejor me pierdo

mientras la muerte su color desata.

 

Ella y yo conocemos de qué trata:

me recuerda la carne y no me acuerdo,

tira un sutil anzuelo que no muerdo

porque de cuerpo entero se retrata.

 

No mire, don Herminio, su locura,

mejor su serenata en el sendero

antes que el agrio son de su cintura.

 

La eternidad eterna de un lucero

guarda otra serenata de ternura

para que usted nos cante otro bolero.

 

(a 10-11 de enero de 1997)

 

 

 

 

Una guirnalda de emoción para don Felipe Rodríguez

 

                                    (A Osvaldo Torres,

                                    con una penúltima copa.)

Un día el corazón se hizo bolero,

música de una eterna melodía:

así en la noche como en pleno día

era un fulgor de pueblo en el sendero.

 

Don Felipe Rodrígez desde enero

hasta diciembre con su voz abría

desvelos de sobrada rebeldía

y cárceles de un mismo prisionero.

 

Mi infancia fue creciendo con su canto,

otro tiempo mejor y alegre juego

escondían las sílabas del llanto.

 

Era lam primavera y era el fuego

de sonreír al viento mientras tanto

y olvidar que al amor lo pintan ciego.

 

[Tomados de:  Crónica escrita para ser cantada, 1998]