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Sarraíl Archilla In Memoriam

                                                                                                                                    Por: José Juan Beauchamp  

 

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Sarraíl, entre el bajo, el cuatro y el contrabajo

Sarraíl Archilla de León: biografía

  * Agradecemos al ensayista y escritor puertorriqueño, el profesor José Juan Beauchamp esta colaboración para esta página.

            La mañana, en el canto de alborada de una onda sonora, trajo la noticia vestida de luto:  Sarraíl Archilla, el Señor del cuatro, ha muerto.  La noticia, enredada en la palabra que cruza el aire sin el zumbido de las alas de un pájaro, trajo la verdad a cuestas como un puño de sonidos que golpea el corazón.  El cantor del cuatro, en el que seguían viviendo como un recuerdo imperecedero las cuerdas de Archilla y Ladí, ha muerto.  Pero ahora que he llegado hasta este recinto poblado de palabras y cuerdas que se niegan a renunciar a su sonido; de plegarias, de flores y de gentes con la vida y la voz alzadas sobre los cirios,  sólo he encontrado a un hombre dormido.  Sé que tan solo duerme, porque en el sueño un cuatro suena desde un trasfondo que no puedo definir, ni quiero entrar en la definición donde los diccionarios sólo tienen palabras muertas que no saben escrutar el significado de la muerte ni el significado de la vida.  Hacía tiempo que no miraba ni quería mirar esta presencia de la ausencia que habla el lenguaje del silencio de la muerte.  Es cierto, y hasta le veo con el séptimo sello en los labios invocándonos la conciencia de la muerte.  Mas la conciencia de la muerte es también conciencia de la vida. 

            Es cierto.  Rigurosamente cierto, diría la lógica que pretende enseñarnos a pensar.  El arte y la historia lo ponen en duda, pero hay un hecho cierto.  El caballero bergmaniano ya no puede apostar.  Es que la muerte ha ganado la partida de ajedrez.  Es cierto, el juego ha concluido, ¿ pero dónde está el jaque mate?   Sin embargo,  las cuerdas de un cuatro siguen sonando y las puedo oír aquí y ahora.    La voz del cuatro sigue hablando.  Hasta puedo intuir a este hombre despertado tras los espejos orfeicos de Cocteau, tañendo las cuerdas de su cuatro como un himno que concierta las esferas del universo pitagórico donde las matemáticas hablan armoniosamente.  En estos momentos, Pitágoras duerme tranquilamente porque sabe que las esferas de esos mundos infinitos tienen ahora una nueva música que no se detiene, la música de un cuatro puertorriqueño.  Es que el cuatro no calla su incesante sonido volcado en la redondez de su boca y lanzado otra vez al aire como una palabra que define la armonía acompasada que el maestro hace brotar entre sus dedos.  Suena el cuatro.  No grita, como el de otros.  Canta.  Contra el silencio definitivo invocado por la muerte se erige el sonido de un coro de diez voces encordadas que vibran más allá de la madera y hasta de la propia encordadura.  Hasta puedo decir, prestadamente, que el aire se reviste de hermosura y luz no usada.  ¡Qué serenidad la de este aire que tiene el son acordado por esas manos prodigiosas que parece que tienen ahora el silencio definitivo prisionero entre sus dedos!  ¡Qué serenidad la tuya y la de tus cuerdas, maestro!  ¡Qué silencio total y definitivo de una muerte que invoca la vida porque la historia de este hombre dormido le ha trazado el camino! 

            ¡La historia!  Antes de la imitación de la historia por la escritura, hay hombres que la han escrito con el puño y letra de su quehacer vital.  La escribiste, maestro, en un pentagrama de diez cuerdas que ascendiste hacia la escala de una estética que hoy ha empezado a definirse en las líneas de una clásica aventura.  Fuiste fundador de la música del cuatro enaltecida por la excelencia, por ese ascenso a la escala musical por donde sigue ascendiendo al compás del movimiento de nuevas manos.  Y fuiste pionero en el arribo del cuatro a la música clásica.  La historia te desagravia contra el agravio de la muerte; y el cuatro, multiplicado en las manos que aprendieron de tus manos, te devuelven a la vida.  La muerte, en su derrota, se avergüenza de haber venido.  ¡Ay, cómo luce tan chiquita la muerte ante una vida tan grande y, a la vez, llena de silencio y escasa de pregones!  El pregón sólo es de los hombres pequeños.  ¡Ay, este ay de la alegría, qué muerte tan chiquirritita! 

            ¿Quién dijo que la trascendencia sólo se escribe con la mano de los dioses?  Los hombres no tienen que aspirar al Olimpo de los dioses para alcanzarla.  La alcanzan en la finalidad de la historia que han ido forjando cotidianamente como una gesta sin épica,  con la significación de cada momento.  Archilla y Ladí constituyeron un gran momento de nuestra historia musical y trascendieron ese momento.  Ladí madrugó antes en la muerte.  La historia de Archilla, siempre con su cuatro en primera y sin alardes de sonidos agudos ni abuso de trémolos,  fue más larga.  Hizo recorrer al cuatro por diversos mundos y le otorgó dignidad estética a sus cuerdas.  Su cuatro siempre suena con un aire clásico poco común.  Otros también han contribuido a forjar la acumulación de días de una historia que todavía espera la escritura de una memoria mayor y la mano de un historiador que haga su trazado musical.  Allí, junto al féretro, casi oculto como un ser anónimo, escuchaba aquel cuatro que no quería callar, otro forjador de la historia musical de nuestro país, el maestro Maso, quien ante el asombro que causa este virtuoso, dijo, con palabra de tono muy bajo: "¡qué sensibilidad!".  Allí, también, su amigo y compañero Polo Ocasio, diciéndole adiós en un cantar de guitarra.  Los cuatros y las guitarras celebraron una asamblea musical permanente y hasta que llegó la hora en que los muertos se quedan solos, como decía Bécquer, siguieron su coro de vibraciones para decirle adiós al maestro, desde este lado del mundo donde continúa rugiendo y cantando la vida y el cuatro de Archilla sigue sonando.  Sigue sonando al modo popular.  Y sigue sonando al clásico modo.  Sigue sonando.  ¡Ahora, diez cuerdas sonando pitagóricamente en el silencio de los espacios infinitos donde duermen las formas definidas de la geometría y el universo se define como un pentagrama de esferas! 

            ¿Quién no escuchó esta canción de silencio encordado que un ministro de palabra excelente escuchó?  Claro, las voces callaron porque desde esa voz ministerial el hombre dormido orquestaba el silencio con el recuerdo de su lenguaje musical.  ¡El recuerdo!  ¿Pueden la nostalgia y la historia encontrarse en el recuerdo y hacer las paces?  ¿Es posible que en la música inscriban las dos el acuerdo de paz?  Probablemente no, pero en la música, nostalgia e historia pueden trazar dos líneas paralelas capaces de coexistir y hasta de convivir.  Siento que esas manos prodigiosas que están ahí y ahora, tienen entre sus dedos el pergamino de este acuerdo.  ¿Pero, adónde ha marchado la energía de esas manos que hacían vibrar armoniosamente las diez cuerdas que desde las claves se deslizan sobre los trastes y llegan hasta el puente donde el amor se ha repetido miles de veces y, sin embargo, siempre es nuevo?   

            Dime, hermana Ciencia, ¿hacia dónde marcha esa energía vital que no se muere en la muerte de un minuto?  ¿Que no desciende a la tumba de la noche perenne?  ¡Oh, Filosofía!  Tú, que has dialogado miles de veces seculares con la muerte y con la vida; tú que has explorado la totalidad del mundo, para interpretarlo y después para rehacerlo, dime, hermana, en este momento preciso en que los cirios electrifican el aire, ¿dónde está la energía de las manos de este hombre, su energía musical a la que las cuerdas obedecían ciegamente porque sabían que eran conducidas por el camino de la hermosura y el acuerdo estético de las notas musicales?  ¿Se marchó alegre y musicalmente a otras manos que quieren hacerse virtuosas como las manos de este hombre despertado en el sueño de la muerte? 

            Te pregunto, hermana Filosofía, ¿qué es un hombre dormido en el regazo de la muerte?  La cuna y la sepultura, ¿son signo y cifra de una existencia que encuentra su solución, su síntesis, en la historia, en la trascendencia histórica?  Este hombre ha trascendido en la historia y tú lo sabes, aunque algunos que han llegado al puente de los diez acuerdos musicales y otros acuerdos, no se han enterado todavía que él escribió el libro de la historia con los signos del pentagrama.  Otros, sabe quién si ellos mismos, la seguirán inscribiendo en otros aires nimbados de viejas y nuevas notas musicales. 

            Dime, hermana Música, ¿qué es lo que hace un hombre de manos musicales, como éste, que ha dejado de tocar la física de su cuatro, si es que la muerte admite el verbo "hacer" como la expresión de una trascendencia histórica que la supera?  Yo no lo sé.  Sospecho que nada.  Sin embargo, en el silencio de los espacios infinitos de la física del universo que no me causan terror, alguien debe estar estrenando un cuatro.  Lo sé, porque es una muerte sin llanto.  Todo el mundo canta a la vida, mientras el maestro sigue despertado tras los espejos orfeicos de Cocteau, aunque los ojos no acusan su despertar.  El aire está lleno de otras cuerdas que vibran como un homenaje al maestro.  Y cuando estas cuerdas más jóvenes callan, sigo escuchando la música del cuatro aquel que empecé a escuchar cuando entré al primer recinto donde la muerte exhibe la presencia de su ausencia.  Lo sé, porque Pitágoras, el hombre que le dio cuerda matemática a la música de las esferas, sigue durmiendo, entre lirios olvidado,  el sueño justo de los que han hecho el relieve de la historia.

            ¡Sursum corda!  ¡Arriba los corazones de las cuerdas de tu cuatro, Sarraíl Archilla!    (Publicado en Claridad.)

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